Chihuahua: urbanismo inconsciente

“La ciudad no puede permitir que las partes, perjudiquen el todo. Toda ciudad tiene un tejido que le es propio. Este tejido no puede ser alterado por pedazos de ciudad que pretendan aislarse

Germán Samper

 

Las desgarradoras noticias que han trascendido a nivel nacional en las últimas semanas sobre la delincuencia infantil en los barrios marginados del Estado de Chihuahua no son ajenas a la planeación urbana. (El pasado 15 de mayo se dio a conocer el asesinato del niño Christopher Raymundo Márquez Mora a mano de un grupo de menores.) Las ciudades del norte de México han crecido de forma exponencial en las últimas tres décadas, debido a un boom inmobiliario que tiene como base el desarrollo de territorios ejidales baratos —localizados lejos de la mancha urbana— con paquetes de vivienda sin relación entre sí y, sobre todo, sin relación con la ciudad. Los servicios básicos quedan lejos, las distancias al trabajo se incrementan; es necesario el uso de automóvil por el escaso y deficiente transporte colectivo de la zona. El espacio público se concibe como una serie de vacíos en el tejido urbano acondicionado, en el mejor de los casos, con alguna cancha de basquetbol y algo parecido a un quiosco posmoderno.

Según el geógrafo urbanista Jordi Borja (Barcelona, 1941), se ha institucionalizado un modelo de ciudad difusa con fragmentación, falta de continuidad del territorio y un espacio público marginal de poca calidad. Esto no sólo sucede en el norte del país sino en toda Latinoamérica. También lo señalan Josep María Montaner y Zaida Muxi (Arquitectura y política. Ensayos para mundos alternativos, 2015): el modelo urbano norteamericano en nuestros territorios está generando “una funcionalización del territorio, la difusión y la dispersión de las áreas urbanas, conformando un conjunto cuyas partes carecen de relación entre sí.”

Las respuestas a los impactantes crímenes y la descomposición social presentes en las periferias de las ciudades de Chihuahua es crear controles institucionales sobre procesos sociales, con la esperanza de conseguir metas o resultados sociales: se intenta solucionar a través de pláticas, programas culturales y recreaciones. Poco se le ha prestado atención a las implicaciones que tiene la forma espacial de la ciudad sobre las dinámicas sociales. Ya lo mencionaba el arquitecto y urbanista Camilo Sitte: la forma urbana y el orden social de la ciudad son elementos inseparables.

Seguir sólo una de estas vertientes para resolver el problema sería un error. La propuesta del Estado entra en conflicto con los propósitos de la planeación urbana, y viceversa. Así sucedió en la ciudad jardín inglesa o el suburbio norteamericano. Los estudios sobre desigualdad social y urbanismo de Harvey apuntan que, si lo que se quiere es transformar las ciudades, en definitiva hay que abordar las dos ramas: urbanismo y sociedad.

Sin embargo, no se trata —siguiendo al urbanista Melvin Webber— de crear modelos preconcebidos de formas urbanas que son reflejo de otras culturas y estructuras sociales, sino de resolver el problema bajo el entendimiento de que la condición espacial urbana de las ciudades está al mismo nivel que los procesos sociales, y es determinada por ellos. La  única estrategia de intervención que puede dar buenos resultados es la que comprenda que los fenómenos urbanos tienen su fundamento en una imaginación sociológica y en una geográfica. Toda aproximación a los fenómenos urbanos —como los lamentables titulares rojos de la prensa mexicana—deben tomar en cuenta estos aspectos. De lo contrario, como explica Harvey (Urbanismo y desigualdad social, 1973 ingles, 1977 español): “continuaremos creando estrategias contradictorias para solucionar los problemas urbanos”.

 Lo que le sucedió al pequeño Christopher en el desarrollo urbano de Laderas de San Guillermo es reflejo de una maraña de problemáticas que tienen su raíz en ámbitos sociales y familiares. Y la planeación permisiva de las ciudades no es un tema menor relacionado con ello.

En Chihuahua, más allá de una planeación permisiva (término de Webber), acaso podríamos hablar de un “urbanismo inconsciente” para referirnos a un desarrollo urbano cuya relevancia y alcances no es comprendida por los actores en el poder. La inconsciencia, vista desde su concepción peyorativa, genera un urbanismo irresponsable; privado de reflexión y sentido, donde las autoridades y ciudadanos no nos damos cuenta de las consecuencias ni los riesgos que conlleva en lo económico, medioambiental y social.

Seamos conscientes de las formas de la ciudad. De cómo se materializan en el territorio. Esto está íntimamente relacionado con los —a veces, desgarradores— procesos sociales. Pensemos la ciudad como el escenario de lo social. Uno que evite la exclusión y marginalidad. 

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Oscar Chávez, 2015.

"...Sin embargo, no se trata -como afirmaba el urbanista Melvin Webber-  de crear modelos preconcebidos de formas urbanas que son reflejo y respuesta a otras culturas y estructuras sociales, sino de resolver el problema bajo el entendimiento de que la condición espacial urbana de las ciudades está al mismo nivel de los procesos sociales y determinada por ellos"

 

Imagen: Laderas de San Guillermo, Chihuahua, México  Fuente: Bing Maps / 2015